«…y aún nos quedan Balcones por abrir» es el pie de la página donde están listados estos pequeños relatos cortos. Y la definición en la página del índice de todos ellos dice que son «Retratos imaginados de vidas ficticias a partir de una mirada fugaz.» Y sí, eso son. Pero iban a ser otra cosa.

Desde que imagino historias, siempre he notado que me costaba hacer descripciones físicas de personas. Y sigue siendo así. En mis relatos apenas hay descripciones de los protagonistas. Tal vez algún rasgo característico, pero no hay largos párrafos intentando dibujar a una persona con pincel fino y detalle. Así que siempre he confiado en que quien me leyera, esos dos o tres que lo hacen, tuviese la imaginación suficiente como para recrear en su cabeza lo que no soy capaz de generar con palabras. O sea, yo esbozo dos o tres líneas maestras y el lector completa y colorea a su antojo. Así, por ejemplo, leí por primera vez, alguna década antes de Peter Jackson, «El señor de los anillos»: imaginando a los hobbits, que Tolkien me perdone, como una especie de ewoks de «La guerra de las galaxias».

Por eso se me ocurrió que tenía que aprender a describir personas, aunque fuese con unas pocas líneas, y que me dedicaría a ir vigilando, por la calle, rasgos, gestos, movimientos, tics, etc. de la gente con la que me cruzase. Eso iban a ser los Balcones que, en realidad y en principio, se llamarían Esbozos o Garabatos, o algo parecido. Luego, conforme iba fijándome en las personas con las que me cruzaba, mi capacidad de atención se ahogaba en la corriente de mi imaginación, y entonces empecé a divagar sobre sus lugares de procedencia, su estado civil, su familia, su vida… sin conocer a nadie, por supuesto. Ficción pura y dura.

Luego, durante el verano de 2025, apareció Luis, un gitano que vende latas de refresco en una playa a la que fui dos o tres veces, y que un día me contó su historia (esta, por cierto) mientras me montaba en el coche para volver a la ciudad. Y me pareció que era digna de ser contada, por sus visos de ficción y la realidad que respiraba. Ahí pensé que nada puede describir más a una persona que su vida. Que los rasgos no son más que mera anécdota y que lo que realmente somos y parecemos es lo que la vida ha ido tallando en nuestros días, aunque todos tengamos una cara particular.

Por eso los llamé Balcones. Porque, como dice el director de cine Rodrigo Cortés, un balcón no es más que una ventana grande que aspira a ser terraza. Y desde ahí nos asomamos y vemos a la gente pasar y, por qué no, vivir un trozo de su vida delante de nuestros ojos. Luego, lo demás, el resto de sus vidas, puede ser ficcionada, o no. Y eso empecé a hacer en esta sección. Por eso, además de personas, pueden aparecer animales, objetos…, porque todo podemos observarlo desde nuestra pequeña atalaya.

Muchos empiezo a escribirlos con una idea, pero se me escapan de las manos y se convierten en cosas distintas. Otros se me presentan mientras voy pensando en algo en concreto, y se quedan ahí en medio. Algunos son una canción, una frase, una conversación que navega y atraca en mis oídos… Y eso me mantiene alerta y al acecho, cada día.

Estoy seguro de que me quedan muchos balcones por abrir.

…pero sigo sin saber describir los rasgos de alguien.

Scroll al inicio