Habla solo. Siempre. Sus zapatos dan pasos cortos rozando el suelo, pero todavía parece ágil y con suficiente fuerza como para ir a hacer la compra diaria; el periódico, el pan, algunas frutas y verduras…

Su cabello blanco se mantiene medianamente ordenado, aunque en algunas zonas parezca no haber llegado el peine. Tener los hombros ligeramente encorvados no le impiden caminar mirando al frente, orgulloso. Y todos le oyen mantener conversaciones invisibles.

— Parece que va a refrescar esta tarde, ¿eh?

— Bueno, habla por ti, que siempre tienes calor.

— Sí, ya. Como si eso arreglara algo.

—No me lo repitas más. Las fresas estaban muy bonitas, pero sabes que te sientan fatal. El melón también está muy rico.

…y así llega a casa. Nunca ha entendido porqué le miran todos, pero a su edad ya le da igual lo que la gente pueda pensar de él.

Deja las compras en la cocina y las llaves en el mueble de la entrada, bajo el espejo, donde se mira. Desde él, junto a su figura, está ella, que le mira con ojos enamorados y una sonrisa hermosa y plácida.

—Sí, lo sé. Se me olvidó planchar la camisa otra vez. Soy un viejo olvidadizo, ya lo sabes. Tú, en cambio, estás preciosa.

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