Es alta, rubia, con unas gruesas gafas de montura oscura que agrandan sus ojos vigilantes detrás del cristal. Pasea cinco perros, todos sumisos, obedientes, salvo la hembra, a las siete de la mañana, antes de irse al trabajo.

Los machos no suelen alejarse de sus piernas salvo unos pocos metros, paseando tranquilos. La hembra, a veces, echa a correr detrás de algún gato que se cruza en su camino, hasta que se pierden tras algún matorral donde ella no puede verlos. Entonces da un silbido largo, agudo, y la hembra reaparece y pasea junto a ella de nuevo, como todos los demás. Los controla con órdenes cortas y claras, sin alzar la voz, sin estridencias.

Luego los sube a casa, les deja cuencos con agua y comida y se va a trabajar, no sin darles antes la orden de portarse bien, que ellos parecen entender.

Cuando cierra la puerta tras de sí los oye acercarse, como olisqueando su partida. Y hay silencio. Ni un ladrido.

— Muy bien, chicos— dice la hembra cuando se ha percatado de que están solos — Ahora que se ha ido podemos seguir con nuestro plan. Por el momento parece creer que nos domina. Sigamos así. En mi reunión matinal con el gato me ha informado de que sus planes también van viento en popa. Los humanos siguen viéndolos como seres desvalidos a los que proteger. Y cada vez somos más. No queda nada para que dominemos el mundo y a estos bípedos insensatos. Jamás se darán cuenta de nada hasta que sea demasiado tarde.

Tras la puerta, en el descansillo, alguien que pasa por delante oye tres o cuatro ladridos. Luego, silencio de nuevo. El plan sigue su curso.

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