Dignidad
Dignidad, dignidad, dignidad. Siempre dignidad.
Caminaba erguido, dándole importancia. Su padre siempre le había dicho que los hombres caminan rectos, mirando a la vida de frente. Su chaqueta azul y su pantalón, perfectamente planchado, parecían impolutos. Apenas unas leves manchas amarillentas en el bajo de los pantalones podían hacer intuir que había caminado mucho. Y sus zapatos, también llenos de polvo, pero con la certeza de haber estado siempre relucientes, brillantes, antes de salir de casa.
Y caminaba erguido, solitario, en silencio, con elegancia. El sol iba amaneciéndose despacio, abrillantando las calles de luz cálida y fresca; nueva.
Él volvía a casa. Sabía que, después de aquella noche, al introducir las llaves en la puerta, alguien estaría esperándole, en el sofá, desayunando, también en silencio; y al verlo entrar, descansaría.
Por eso no podía consentir que el exceso de alcohol y de la fiesta se le notaran. Por eso caminaba erguido, en silencio, lentamente. Por eso, en su cabeza, con sus diecisiete años recién cumplidos, resonaba lo que le decía su padre: «dignidad. Siempre dignidad».
