Me paro a su lado. Su pelo, escaso y gris, le da un aspecto hidalgo. Su nariz aguileña sujeta las gafas plateadas de montura delgada a través de las que contempla pacientemente el coche detenido delante del suyo. La barba recortada, apuntando con elegancia hacia abajo, enmarca su rostro afable, delgado, serio, con una especie de sonrisa paciente en los labios.

Lleva las manos apoyadas en el volante. Unas manos de dedos enjutos y largos, de uñas perfectas. Mira hacia adelante, pero sus pensamientos vuelan más allá del atasco. Imagina caballeros, damas, gigantes, escuderos, aventuras y desventuras…

Los coches avanzan lentamente. Lo voy dejando detrás. Por mi retrovisor le echo una última mirada. Tal vez está deseando que acabe su jornada laboral para volver a casa y continuar escribiendo ese libro en el que lleva años trabajando. En sus ojos hay mil mundos, pero no están en el tráfico que vigila mientras va avanzando, despacio.

Voy perdiendo su visión detrás de mí, poco a poco. Le llamaré Miguel.

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