Cada día el anciano baja antes que ella de su casa. Pasea alrededor del jardín, serio, pensativo, en silencio, con su sombrero panamá, su guayabera de distintos colores perfectamente planchada y sus alpargatas rojas.

Camina despacio, esperándola, sin una mueca en su rostro. Al cabo de un rato ella sale por la puerta del edificio, con su pelo blanco recogido en un moño con una perfección admirable que desafía cualquier estudio de peluquería, sus pequeños pero vivaces pasos, su falda lisa y oscura y como una especie de brillo en el rostro.

Entonces él cambia completamente. Se yergue, se alisa la guayabera, se recoloca el sombrero y la espera, nervioso, hasta que ella se acerca. La mira arrobado, sonriente, como quien contempla el más bello amanecer de la historia del mundo. Le ofrece su brazo, ella se coge a él, y caminan juntos, despacio, arrastrando los pasos, cada mañana.

…y nosotros los miramos sin poder apartar los ojos, mientras se alejan, felices, enamorados, hasta el supermercado.

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