Eran tres chicas jóvenes. Las veía desde mi coche, en el atasco. Y las escuchaba. La música a todo volumen; una música estridente, chillona. Bailaban, se movían, giraban sus cabezas como desafiando a los demás conductores. La que conducía marcaba el ritmo con las manos sobre el volante y, a veces, soltaba una de ellas y la agitaba.

Las otras dos parecían necesitar ponerse en pie para bailar. Mi paciencia estaba al límite y aquellas tres jovencitas iban llenando el vaso con cada movimiento de sus manos, cada bote, cada contoneo.

Durante un momento mi coche se detuvo junto al de ellas, unos segundos. Las miré, serio, desaprobando su actitud. Ellas me intuyeron, me miraron y sonrieron saludándome mientras continuaban moviéndose al ritmo de la música. Probablemente iban camino de alguna fiesta. O quizás no. Quizá sólo estaban siendo felices por estar juntas, oyendo música.

Me perdoné el haberme hecho mayor, les devolví el saludo con otra sonrisa, y continuamos avanzando lentamente en el atasco.

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