«¿Y este atasco, de repente? En esta autopista nunca ha habido atascos. Ha debido haber algún accidente gordo, seguro» pensaba. Estaba deseando llegar a casa después del duro día de trabajo, pero aquello le retrasaría bastante.

En aquella zona había seis carriles; tres de ellos se movían lentamente. Puso la radio por si en algún sitio hablaban de aquella retención. Nada. Sólo los partes del tiempo y música.

«Este mes será un mes de temperaturas cálidas. Apenas tendremos lluvias así que, si es usted de los afortunados que empieza hoy sus vacaciones de verano, ¡disfrute de su merecido descanso! Y ahora, les dejamos con una melodía con más de cien años: Telegraph road, de una legendaria banda de rock que les sonará añeja, los Dire Straits».

Aquel mediodía el gris era limpio, fresco, brillante. La gente comenzaba a salir a la calle en manga corta porque se había ido el frío definitivamente, y el verano asomaba sus brazos.

Avanzaba despacio en su coche, tranquilo porque sabía que ya no tendría que volver al trabajo hasta dos semanas más tarde, pero veía la desesperación en el rostro de los conductores a su lado. Sí, era un atasco extraño.

Al cabo de veinte minutos avanzando lentamente, a punto de llegar al descampado habilitado para el aparcamiento de camiones, comprobó que la luz del mediodía se hacía más brillante, más blanquecina…, y parecía venir de aquel lugar. Y aumentaba conforme se acercaba. Cuando consiguió llegar allí, comprobó de dónde provenía.

Mientras pasaba ante aquella gran extensión vacía ahora de camiones, comprobó que habían colocado un gran anuncio luminoso en el centro. No había imágenes, ni música de fondo, ni letras. Sólo una luz que no había visto antes. Cogió su móvil y le hizo una foto. Luego escribió en el buscador: «¿qué color es este?». Un microsegundo después, su conexión le devolvió una palabra: azul.

El coche que tenía detrás le tocó el claxon. Miró delante y ya no había nadie. Pidió perdón con la mano y retomó la marcha. Ya no había tráfico.

«¿En serio este cartel era el que estaba reteniéndolo todo?»



Al día siguiente fue a por su padre a la residencia. Hacía años que no le reconocía, pero iba a verlo cada dos días, a hablar con él, a sentarse frente a sus ojos, a oír su voz ya gastada, a acariciar sus manos arrugadas y sin fuerzas. Se sentaban frente a frente y hablaban. Se contaban cosas como quien le cuenta cosas a alguien que ha conocido en la barra de un bar. Pero él veía al hombre que le había dado la vida, al que le había levantado cuando se caía al empezar a andar, al que le había enjugado las lágrimas cuando el mundo le había golpeado… veía a su padre, aunque su padre ya no viera a su hijo, sino a alguien amable con quien pasaba las tardes. Había decidido llevarlo a ver el cartel azul, no sabía por qué, pero algo en su interior le decía que debía hacerlo.

Seguía habiendo atascos, pero el tráfico fluía con menos densidad que el día anterior. Cuando llegaron, aparcó su coche cerca de la caseta donde comprobaban el tonelaje de los camiones. Bajaron y caminaron hacia el cartel desde detrás. La luz seguía siendo más blanca allí, más limpia, más… fresca, pero el cielo seguía gris, como siempre.

Caminaban despacio, en silencio, al ritmo de los pasos del anciano, que raspaban el suelo. Miraba hacia sus pies, como hacía desde que empezó a olvidar.

…y llegaron ante el cartel, inmenso, azul, luminoso. El anciano, que había advertido aquella extraña claridad mientras miraba el suelo, levantó poco a poco la mirada. Se tapó los ojos en un primer instante, cegado. Luego esbozó una sonrisa y señaló…

— ¡¡Es el color del cielo!! ¡¡Así era el color del cielo cuando yo era joven, hijo!!

—¿Papá?— dijo él, mirando al rostro del anciano, iluminado ahora por el brillo del cartel y con una amplia sonrisa en el rostro.

El anciano le miró a los ojos y…

—Tú no lo recuerdas, hijo— continuó diciéndole —pero cuando tú eras muy pequeño, tu madre y yo te llevábamos al parque a tomar el sol y así lucía el cielo, de este mismo color.

No sabía cómo reaccionar. De repente volvía a ver a su padre, con su sonrisa de siempre, sus ojos fijos en él, vivos, mirándole. Sabía que algo, dentro de su memoria, había reaccionado ante aquel cartel azul al pasar el día anterior, pero no conocía qué era. Ahora sí. Y estaba allí delante, con su padre, contemplando una valla publicitaria vacía, con una luz azul, sin más. Pero era todo lo que necesitaba. No quería nada más.





—¿Por qué no está ese color en mis lápices, papá? — le había preguntado el pequeño cuando pasaron delante de aquel cartel por la mañana temprano, mientras iban de camino al colegio. Y no había sabido responderle. Tal vez había desaparecido y nadie lo usaba desde hacía muchísimo tiempo.

Cuando llegó del trabajo, a mediodía, se encerró en el garaje. Aún tenía tiempo antes de que volvieran su mujer y su hijo.

Dándole vueltas a la pregunta del niño durante toda la mañana, había creído recordar algo, pero no estaba seguro. Allí en el garaje tenía en cajas desperdigadas todas las cosas que había ido guardando a lo largo de su vida y de las que le había dado pena deshacerse. Ni siquiera había sitio para el coche, que se quedaba fuera, en la acera, delante de la puerta. Mil veces le había dicho su mujer que tendría que empezar a deshacerse de tantos cachivaches inservibles, pero él era incapaz de decidir qué tirar y qué conservar.

Había cajas con entradas de cine, cuando aún él participaba, una vez a la semana, en ese rito que consistía en elegir una película de la cartelera, seleccionar una hora, comprar la entrada, entrar en la sala, esperar a que apagasen las luces, quitarse los zapatos, recostarse en el asiento, y dejarse envolver por la historia que se reprodujese en la pantalla, rodeado de desconocidos que hacían lo mismo. Ya no quedaban salas de proyecciones desde hacía años. Había otras cajas con figuras de acción, superhéroes, pequeños muñecos de plástico de alguna serie de dibujos animados de cuando era pequeño, piezas de juegos de construcción sueltas, soldados de plomo… Cajas con papeles, cartas, diarios, libros de texto, algunos poemas malísimos de su época de instituto, cartillas de notas, manuales de aparatos electrónicos que ya ni siquiera recordaba haber tenido en algún momento…

Después de casi dos horas mirando todos aquellos recuerdos, por fin, consiguió dar con lo que buscaba. Aquella caja estaba desvencijada, rota por uno de los laterales, rodeada de cinta adhesiva marrón para que no se desmontase, la tapa descuadrada apenas haciendo su función… La abrió y sacó varias hojas con las esquinas dobladas, desgastadas, amarillentas, con dibujos de apenas unos trazos gruesos, o coloreados por encima sin respetar las líneas…, «siempre se me dio fatal colorear» dijo en voz baja, sonriendo para sí. En uno de ellos había dibujada una casa, un árbol, un sol, unas nubes y un señor fumando, al lado de algo que parecía un coche; debajo del dibujo, con letra de niño, había escrito «FELIZ DÍA DEL PADRE. Te quiero papá. Eres el mejor del mundo». Debajo de esos papeles encontró un par de cajas de metal, delgadas, con dibujos ajados en las tapas. Las cogió, abrió una de ellas y comprobó que aún estaban allí sus colores de cera; los colores con los que había malpintado todos los papeles que ahora estaban sobre otra de las cajas del garaje, a su lado. Buscó entre los lápices de cera y comprobó que lo que estaba intentando recordar había sido cierto y no una imaginación o un deseo de su cerebro.

Cuando el pequeño llegó del colegio de la mano de su madre, fue a darle un beso a su padre, que estaba en el salón, leyendo, sentado en el sofá. Delante de él, en una mesa pequeña, había dejado unos papeles en blanco y las cajas de colores de cera.

—¿Qué es esto? — le preguntó a su padre.

—Son para ti —le contestó.

El niño abrió la caja y vio todos los lápices de color que había dentro, pero cogió uno que le llamó la atención y lo elevó en su mano para que lo viera su madre:

—¡¡Mira, mamá!! Como el color del cartel. Ningún niño del colegio tendrá este color. ¡¡Gracias, papá!!

Y le dio un beso a su padre antes de ponerse a colorear sus deberes con aquel lápiz extraordinario.





—No recuerdo cuándo empezó a cambiar el cielo, cuándo se volvió gris para siempre. Supongo que, simplemente, ocurrió. Y nos acostumbramos. El ser humano es maravilloso; capaz de acostumbrarse a cualquier circunstancia. Mira los esquimales, ¿quién es capaz de vivir, siempre, toda su vida, rodeado de tanto frío? Pero ahí están ellos, con total naturalidad. Nosotros no seríamos capaces, ¿verdad?

Miraba a su padre como en una ensoñación. Aquel hombre que hacía años no le recordaba, debajo de aquel azul ficticio, era capaz de rememorar cosas lejanas y de conocerle, por eso lo había estado llevando cada día mientras estaba de vacaciones.

También había más gente. Gente que iba a ver aquel cartel extraño simplemente porque se sentían bien bajo aquella nueva luz que había aparecido de repente, sin saber por qué, en aquel lugar. Niños que corrían y reían, desconocidos que se deseaban buenas tardes o buenos días, otros que paseaban un rato o, incluso, se sentaban a leer o, simplemente, a estar. El tráfico era mucho más fluido, aunque seguía siendo lento por allí delante. Y el cielo seguía siendo gris, como siempre.





Aquel viernes por la tarde, después de salir del trabajo, y antes de empezar su fin de semana, volvió a la residencia. Se había vuelto un rito el sacar a su padre a pasear hasta el cartel. El anciano arrastraba sus pies hasta allí, pero al llegar, levantaba la mirada, sonreía, y recordaba; no todo, pero sí tenía momentos de lucidez en los que miraba a los ojos a su hijo y sabía quién era, quiénes eran. Pero aquel viernes, al acercarse, no había más claridad en el ambiente, ni se veía el cartel a lo lejos. Decidió seguir hasta el lugar exacto en el que se elevaba a pesar de todo. La luz de la tarde era grisácea, mortecina, fría. Se cruzó con alguien que le miró a los ojos, «alguien lo ha tirado», le dijo. Y algo se quebró dentro de él al escuchar aquello. Miró a su padre que seguía caminando con los ojos fijos en el suelo.

Cuando llegaron al lugar donde antes se levantaba el cartel comprobaron que sólo quedaban en pie las estructuras metálicas donde antes se apoyaba, pero ni rastro de aquel rectángulo azul, cálido y luminoso. Miró a su padre que había levantado la mirada hacia el gris que antes ocultaba el cartel, pero le pareció ver cómo sus ojos dejaban de brillar, de repente.

—¿Volvemos? — preguntó. Bajó de nuevo la cabeza y comenzó a caminar despacio, de vuelta, en silencio.

Una ráfaga de aire trajo hasta sus pies una hoja arrugada que se pegó a su pantalón. El hijo se agachó y cogió aquella hoja para apartarla, pero antes le echó un vistazo. Era un dibujo, probablemente de un niño. Un dibujo del cartel con colores de cera. En trazos azules. Se lo dio a su padre. Este sonrió levemente, lo dobló, lo metió en el bolsillo de su pantalón y siguió caminando.

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