El edificio de enfrente es antiguo. Los pisos son amplios y luminosos, con grandes ventanales, balcón espacioso, baño con bañera, cocina amueblada y trastero. Sin garaje ni ascensor.

Hace algunos años ardió uno de los pisos; el segundo. Las llamas afectaron a casi todo el bloque, pero no hubo víctimas. En unos meses todo volvió a estar como antes.

Los vecinos…, apenas se les ve hablar entre ellos. Son gente mayor, silenciosa, apagada. Pasean por la calle como sin querer cruzarse con nadie, para no molestar. Sólo una de entre ellos parece disfrutar de la compañía de otros seres humanos.

Las obras empezaron ya hace cinco meses. Primero levantaron un par de estacas de madera, del tamaño del edificio. Luego las usaron de guías para levantar tres muros pegados a la fachada, como una inmensa chimenea. Después los reforzaron con hormigón y ladrillo, dejando una puerta a la altura de la calle. Tiraron cableado desde las azoteas hacia abajo, lo pintaron todo del mismo color del edificio y, por último, terminaron instalando un ascensor.

Por fin estas personas mayores pueden subir hasta la azotea sin arriesgarse al infarto por las escaleras.

Ahora, además, están obligados a hablar entre ellos. Aunque sean sólo unos segundos. Aunque sea sólo del tiempo.

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