Federica es muy sociable.

Lleva años viviendo en el parque porque es el lugar donde se siente más segura. Allí puede proteger mejor a sus pequeños, a pesar de haber perdido a varios por el frío o a manos de desaprensivos: algunos humanos pueden ser muy crueles con los más débiles.

Federica apenas se deja ver, escondida entre los matorrales, junto al estanque. Sólo un par de personas reparan en ella: el chico joven que pasa cada mañana por el estanque de camino al trabajo, y el policía retirado que se sienta todos los días en el banco a tocar la gaita. Él es quien comenta, a quien quiere escucharle, eso de «Federica es muy sociable», y acaba la frase con un «pero es muy descarada».

Lo dice porque Federica vigila desde los matorrales cuando él llega con su gaita y la bolsa de pan duro cada dos o tres días. Espera a que se siente y entonces se acerca a él, con su vuelo torpe y desgarbado. Si ve que el anciano policía no repara en ella, le golpea suavemente la pierna con su pico. Entonces él la saluda: «¡Hombre, Federica, buenos días! Tranquila, impaciente. Aquí te traigo lo tuyo», mete su mano en la bolsa y le extiende en el suelo un buen puñado de pan duro desmigado. Ella lo recoge con su pico y se lo lleva volando, de vuelta a los matorrales, junto al estanque, donde la esperan sus polluelos hambrientos.

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