Su cuerpo, de apenas metro sesenta y cinco, es fibroso, atlético. Es hermosa, de gemelos duros y muslos tersos y esculpidos. El sudor brillando en su rostro la hace parecer una escultura griega. Corre cada día, a la misma hora, con las mismas rutinas. Pero te sonríe siempre que tus ojos se cruzan con los de ella mientras corres.

Cuando sale del parque va caminando, con pasos elegantes y poderosos. Los conductores giran la cabeza para contemplar su perfecta silueta mientras vuelve a casa, contoneándose grácilmente, sexy. Más de uno ha empezado a correr por coincidir con ella, aunque sean sólo unos breves segundos.

Al llegar a casa no usa las llaves. Acerca el rostro a la mirilla. Algo zumba dentro y la puerta se abre. Dentro todo es blanco, luminoso, sin apenas mobiliario. Alguien se le acerca, le seca el sudor y la retoca con las herramientas adecuadas para dejarla, de nuevo, lista.

Al día siguiente volverá al parque, a correr, durante un par de horas. Nadie salvo dos o tres personas saben de su verdadera naturaleza. Así debe ser.

El Ministerio decidió combatir la plaga de obesidad y sedentarismo usando la imaginación. Por eso creó droides diseñados para atraer a la gente a hacer deporte. Había que aprovechar la más antigua debilidad humana: la pulsión sexual.

Y, al parecer, funciona.

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