El cartel azul
una peqeña historia
De camino al trabajo, en coche, suelo ir por autovía. En un par de puntos concretos del recorrido suele haber atascos y, desde hace algún tiempo, he decidido que no me merece la pena ponerme nervioso o estresarme si esos atascos me hacen llegar tarde alguna vez; no va a rodar más rápido el tráfico porque yo me desespere. Así que uso ese tiempo extra para pensar, oír música, las noticias, observar a los conductores de los coches que me pasan por el lado, inventar historias, mirar alrededor…
Una mañana, en uno de esos atascos, de repente, me percaté de que había, al lado de la carretera, varios carteles publicitarios de nuevas construcciones de edificios de viviendas. Pero uno de ellos estaba vacío. Era, simplemente, un rectángulo de color celeste que, dependiendo de la hora del día, se asemejaba bastante al color del cielo. Y entonces en mi cabeza surgió una pregunta: «¿Y si, de repente, ese fuera el único trozo de cielo que se pudiera ver en el mundo?»
A partir de ahí me imaginé un mundo gris desde hacía muchísimo tiempo, en el que poca gente recordase el verdadero color del cielo. Una agencia de publicidad que recuperase imágenes de una playa soleada en aquel inmenso cartel, por supuesto con movimiento: una pantalla gigante. Y que quienes pasaban por allí delante se sintiesen realmente bien, felices, con aquella imagen del mar de fondo, o de frente.
Imaginaba a muchas personas yendo a pasar tiempo delante del cartel, como si realmente estuviesen en aquella playa. Familias de excursión; gente de vacaciones por los alrededores, simplemente para pasar tiempo allí; niños corriendo, personas mayores paseando… Una vida feliz y paralela al mundo gris delante de aquel cartel. Pero no sabía cómo acabarlo. Así que empecé a escribirlo para ver cómo crecía y hacia dónde.
…y el resultado no tiene nada que ver con la idea primigenia. La primera escena es un mundo gris, de cielos eternamente cubiertos de nubes y un atasco que aparece delante de un gran cartel luminoso, azul. Un hijo que lleva a su padre delante de aquel cartel, o un pequeño que descubre un nuevo color que no conocía…
La idea primigenia era una historia sobre un mundo que había perdido la luz; una sociedad triste, gris, fría… Al final, se me ha ido el relato hacia algo íntimo, más personal. Ya no había una sociedad en torno al cartel; ahora eran un padre y un hijo (o dos de cada uno). De repente las musas me han guiado por ahí, y suelo dejarme llevar.
¿Y cómo acaba el relato? Pues también me dejé llevar un poco, la verdad. Reconozco que hubo varias opciones, pero al final opté por la que me parecía más coherente con la historia; con la que creía que la redondearía más sin dejarla cerrada del todo. Un final que puede interpretarse de mil formas.
Y así es como nacen muchas de mis historias: de una imagen que se me pega. Después, como una semilla, va creciendo sin que ni siquiera yo sea capaz de saber en qué árbol o matorral terminará convirtiéndose. Y, aunque siempre puedan pulirse, o corregirse, o podarse, esos son los árboles que crecen en esta página, a la vista, con todos sus defectos y sus aciertos. Sin más.
*El relato del que habla esta entrada puede leerse aquí: El cartel
